domingo, 28 de septiembre de 2014

Abárcame, universo.

Y ahí estaba él, sin saber qué era, sin saber saber por qué no puede aprender a conocer. Él era un infinito vacío, una nada difusa y transparente, era lo desconocido. Era más ligero que el aire y más pesado que el plomo, él era la nada, y la nada era todo, la nada tenía todos los aspectos del todo menos el físico. Un día, cuando ni los días existían, algo vibró dentro de él, claro que, dentro es fuera, fuera es dentro, todo es nada y nada es todo, pero él... Él sintió que tenía interior. Se sintió físico, como si algo le llenara colmando con la gota, un mar le inundaba, y un mar de dudas le asaltaba. Todo comenzó a girar aunque la orientación no tuviera conocimiento de su existencia, y entonces lo vio, vio como ella abarcó todo por dentro y le llenó de destellos, de calor, de vida.

Y desde entonces, él la rodea a ella con sus brazos vacíos e incansables, y la chica cosmos sonríe cada día un poco más.


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